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Terra
La Coctelera

¡ Desde un lugar distante !

Lo incierto siempre, desde antaño, me ha seducido la existencia, la elocuencia y la fantasmagórica necesidad de perderme en medio de lo que es y pude llegar a ser, sin tan siquiera pensarlo. Por eso, recuerdo muy bien que todo comenzó con una idea, una expectativa; con un viaje, con un collage de pictóricas imágenes rocosas y silvestres que se instalaban, veloces y sin permiso, en mi memoria fotográfica. Parajes insospechados aquí y allá, rostros poco familiares, animales exóticos y, por demás, desconocidos. Un autobús destartalado y ruidoso, de lo más caricaturesco y autóctono, se detiene por fin; y gracias al universo.

Mi rostro y mi cuerpo se asoman por toda la extensión de una pesada neblina que, sin preámbulo alguno, me presenta el pueblo que domina y adormece a su antojo. Nadie conocido, asoma a la vista y sería absurdo encontrarlo en semejante lugar. Pocas miradas y uno que otro reproche intuido a la distancia. El frío me besó los labios enseguida. Irremediablemente sentí pasión y pensé que me podría enamorar de esa noche; tan siquiera por lo menos más tarde. Mi cuerpo entonces; adaptándose al nuevo clima, me exigió un abrazo enseguida, y mi pecho se retorció entre bocanadas de aliento derretido y un simpático olor que aún no sé describir del todo: pero es como a mercado, estiércol de vaca, albaricoque, guayaba; todo revuelto como en un cóctel enriquecido.

Después de muchas horas de viaje interminable y cansón, por fin estaba parado en medio del pueblo que me llenaba la mente de ideas y las ganas de antojos. Que me acogía. Empecé a desear comérmelo todo, de un solo mordisco, como poseído por un indómito apetito voraz. Y más pronto de lo que canta un gallo, de lo que maúlla un gato y de lo que croan tres sapos, ya era de las miradas de todos los habitantes, que se escondían detrás de los armatostes y puertas oscuras, y de las intrigas y comentarios de hasta el más distraído; sin mencionar que el deschavetado y loco, del que todo pueblo hace alarde, ya me exhibía como uno de sus mejores, y al parecer, único amigo. No me incomodó para nada. Desde entonces todos querían saber de mí. Ofrecerme una chicha y un guarapo bien fermentado. Una gallina recién desplumada, un sombrero ovejero y hasta una ruana de lana trasnochada y virgen. Tampoco me incomodó, aunque ya muchos de ustedes sepan de sobra que el trago no me incita un solo movimiento o gusto, pero en cambio la lengua si me pica con sabor místico y narrativo, por consiguiente; casi tres noches en vela escuchando y contando historias, me robaron la noción de tiempo y espacio, en mi nuevo pedazo de terruño. Momentos que me avivaron el alma, que olvidaba que sentía algo distinto a un silencio; producto de un desaire de la madre destino y del certero azar.

Mis días, hoy por hoy, se ríen con frescura y campesino desinterés. El trabajo me absorbe todos los minutos y la mayor parte de los pensamientos, porque es dispendioso y meticuloso. Un error mío desencadenaría una hecatombe, a nivel departamental, y obvio, mi inminente despido. De modo que me acuesto muy tarde, sintiendo el frío, las ganas, las historias, revisando papeles. Haciendo estadísticas y proyectando futuros inconvenientes logísticos. Me levanto temprano, desayuno con muchos, almuerzo con tantos; y como con los pocos que me soportan la tomadera de pelo y la voz de jefe alcahueta. Tengo 26 hijos y 5 manos derecha a mi cargo. 3 conductores bebedores y, lo más chistoso, hasta una admiradora que amenaza con embriagarme con ‘chirrincho’ y hacerme de sí, bajo la luz de la luna mojada. De modo que no me queda de otra que: reportar mis líneas, dar signos de vida. Transpirar por mi alma, doblegar mis ideas y regalar un mimo a ‘Nicole Alejandra’ (mi hija putativa aquí. Que entre otras, me enamoró de buenas a primeras y ahora viene todos los días a la oficina a buscarme, y yo debo esperarla con galletas, helado, colombinas y hasta con un juguete que decidí comprarle. Ni modo, con sólo un año y medio se parece a mi hija; la soñada). Por ahora estas letras. Por ahora les dejo un mosaico de imágenes y un suave aire de susceptibilidad, todo; mientras regreso.

Temperatura: 14 grados C
Animo: frío, suave, lúcido
1 febrero de 2006.
10: 00pm

PD: Sabía que si yo llegaba, tú lo harías. Me encantó que caminaras los pasos que recorro, no los que dejo ni olvido, sino los que visito… con lo mejor de mí.
¡Que vacaciones que te diste aquí!, que compartimos. En horabuena mi querida. Ahora si que después de esto: adiós;… ¡Llegamos a Cartagena, llegamos a Cartagena!

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Cuchipoe y Dolores...

Cuchipe y Dolores
“La tragedia de la vejez no es ser viejo,
sino haber sido joven”
Oscar Wilde

Hasta ese día yo jamás, en lo medianamente corto de mi vida, había notado la existencia de ese par de viejos chuchumecos que tengo por vecinos míos. Yo no sé en verdad si es que yo siempre he sido, por naturaleza tonta, un individuo introvertido y poco sociable, o quizá un cínico descomplicado, desprendido y distraído de razones y de observaciones detallistas; o si por el contrario ese par de demacradas momias se habían negado toda la vida a salir de su mausoleo de madera y paja. Pero el caso concreto es que nunca, y nunca con N mayúscula, había notado esa pareja de tristes mequetrefes arrugados.

Yo vivo en una casa modesta, pobre, de tabla y barro, de extraña apariencia; porque no se distingue muy bien si es más telarañas y tablas que musgo y moho petrificado. Ciertamente no es muy fresca, muy a pesar de su techo de paja. Diría más bien que es la cuota inicial de un pedazo de infierno alquilado en la tierra. Tampoco es muy amplia, a duras penas si se tiene el espacio suficiente para decir un par de mentiras sin observar a los ojos al engañado. Pero como nada puede ser tan peor de lo que ya es, me atrevo a mencionar que mi casa goza de una envidiable y particular vista: una ventana enorme, que a veces nosotros mismos, los de la casa, la usamos como improvisada puerta, y desde la cual todo el pueblo; hasta las mismas posaderas de la Pereirana, podría caber por sus destartalados marcos medio pintados de azul. Desde ahí fue donde una noche yo observé por primera vez a los dos longevos y desprevenidos vecinos míos. La noche se dibujaba muy igual a todas las noches de por aquí: calmada, negra y llena de unas pequeñas impresiones sentimentales que le daban un aire elegante, romántico y casi místico. Las veces que recuerdo haber llevado en la noche mi mirada hasta ese rancho siempre pensé lo mismo: que estaba abandonado y resguardado de ratas o de iguanas. Fue cuando entonces ella, (después supe que sólo se conocía no más que su primer nombre) Dolores, asomó su rostro trabucado por la intimidad de la puerta de su malogrado rancho. En medio de la despejada noche yo la pude observar tan agonizante y deprimida que daba la impresión de ser la certeza viva de una existencia múltiple; entre los umbrales de la vida y de la muerte. En acto de sufridos segundos su cuerpo enclenque pareció aquejarse de completo desfallecimiento, pues de repente, posterior a su tímido asomo, se quedó como sin aliento para dar otro paso firme en la puerta y se hizo como otra tabla más; tiesa y estática. ¡Que impresión! Era la primera vez que vía esa abuela; forrada de piel medio muerta, que más bien ya parecía ser cuero seco de bestia. No me quedó más de otra que inferir, desde los escasos diez metros que nos separaban, que esa, a lo mejor, habría de ser una de las razones por las cuales nunca le había visto antes por ahí asomada; por su deteriorada y desgastada salud. Haberla visto así me conmovió el alma y hasta el cuerpo; que de pura impresión por presentir un final similar, se me engrifó con temor compungido.

Muy inquieto, y rehusándome a seguir mirando hacía ese rancho, llevé mi mirada, indignado, como si fuera la noche de las extrañas apariciones, hasta otro punto de vista. Un rancho de igual características: medio abandonado, con aires de vertedero y de hogar de minúsculos avechuchos, detuvo mi mirada. Casi medio sincronizado con la aparición de la achacada Dolores, irrumpió también por la puerta el desgastado y malogrado rostro de él; chupado y con todas las líneas faciales enmarañadas como raras líneas que convergen en el mismo inevitable punto. Abrió un poco la puerta y su rostro intimidó la noche con ese conmovido semblante de angustia y desgracia. Estos dos vejetes parecían ser la muestra de que en ese instante en la noche se llevaba a cabo un desempolve y una resurrección de entre los muertos; ambos viejos tan ruines, desgarbados y perdidos en los umbrales del tiempo. Él, (dos descomplicados chismes me dieron no más que su apodo) ‘Cuchipe’, sólo alcanzó a fingir dos cortos pasos en la puerta antes de que su cuerpo se congelará; como por soplos de aire boreal. Sus fuerzas entonces también se agotaron, quizá, las últimas que sus artríticas articulaciones administraban con saldo en mora. De nuevo, ¡qué impresión!. Era la segunda vez que veía a un vetusto semejante: yerto e invernado, con la conciencia doblegada y resignada. De nuevo inferí que esa podría ser la misma razón por la cual yo nunca había visto a Dolores, y ahora, al viejo ‘Cuchipe’; el deterioro irreversible de la vida y la salud, del cuerpo y el alma de ambos. Haber visto a ese par de matusalenes así fue aberrante e indigno. Esta segunda vez ya no se me engrifó la piel, sino que unas cáusticas agrieras llenaron mi boca de ese horrible sabor a vomito atascado.

Pero luego de un leve respiro; casi hondo y apesadumbrado, cada uno de los dos añosos se registraba en mis pupilas, como tétricas impresiones de susto. Se encrustaron ahí como pesadillas, como dolores estomacales, y no pude apartarlos de mi vista por más repulsa y asco que sentí para con el olvido y el tiempo ido. En la distancia los veía a los dos, a escasos tres metros de distancia el uno con respecto del otro, en sus respectivos misérrimos ranchos. Sus alientos no daban más crédito que el de desahuciados, porque la misma suave brisa que esa noche corría como vuelo agónico, apostaba no más que dos soplidos por desplomar sus cuerpos sin resistencia. Era un cuadro nefasto con olor a pestilencia el que yo podía observar desde mi rancho. Verlos ahí, resignados, cansados y pobres de vida, me empezaba a destrozar la razón.

Antes de permitirme otro asombro más u otro asquiento rechazo al semblante podrido y derrotado que me ofrecían aquellos decrépitos seres, Dolores consiguió reaccionar de repente y salir de su momentáneo letargo; el mismo que la mantenía estática en la puerta de su rancho. De la nada encontró un nuevo respiro. Pareció recibir una descarga fulminante de adrenalina a corazón abierto. Casi pude notar que las bolsas desgastadas y arrugadas de sus ojos se fruncieron para dar aliento a una conmovida y penetrante mirada; de esas furtivas y cómplices. De las fugitivas y cándidas, como las de los amantes más osados. Para mi sorpresa, no terminaba de reaccionar la vieja Dolores, cuando el valetudinario ‘Cuchipe’ pareció también despertar repentinamente del mismo letargo que lo había doblegado en la puerta de su rancho; como si una corriente inexplicable de vida le hubiera inundado el cuerpo por dentro. Sus ojos se avivaron, se colmaron de una luz titilante que parecía tan yuxtapuesta como colores volcánicos en el paisaje rocoso y árido. Un nuevo y último resuello lo embargó, y con total decisión dirigió su mirada hacía la humanidad de la catana Dolores. Ahora sí que no comprendía absolutamente nada. Los dos raídos carcamales se encontraban en una mirada cruzada, precisa y complaciente. Tan íntima como una historia secreta entre clandestinos adorados. Se decían todo y aún así no se escuchaba nada, ni el pequeño zumbido de sus destartalados labios pronunciando una sola palabra. Se hablaban con la complicidad de las miradas y con la certeza de toda una vida de empatía. El silencio pareció doblegarse ante el asomo de un conato de palabra y entonces el viejo ‘Cuchipe’, de entre las entrañas y los dientes dijo con lagrimas:
- Perdóname vieja Dolores-
- Tú valías más que una mazamorra de maíz pelado-
Sin alcanzar a desembarazarse de otra palabra, el cielo pareció morir de una vez bajo la sombra del crepúsculo, y el decrépito ‘Cuchipe’ desplomó la muerte con su cuerpo caído. No pasarían más de cinco minutos antes de que la veterana Dolores arrugara la boca, se le cristalizaran para siempre los ojos y se rasgara la garganta con dos frases retenidas durante años:
- ¿Perdonarte?, pero si siempre he sido tuya-
- Incluso ahora, siguiendo a la muerte de tras de ti-
La muerte los encontró la misma noche, casi simultáneamente; entre el perdón y la pobre desdicha de la vejez. ( Unos días después me enteré de que en vida el par de viejos habían dejado de verse y hablarse por cerca de tres años. Una discusión sobre una mazamorra de maíz pelado mal reposada fue el motivo)

Abril 3 de 2005

Cuchipe y Dolores

Cuchipe y Dolores
“La tragedia de la vejez no es ser viejo,
sino haber sido joven”
Oscar Wilde

Hasta ese día yo jamás, en lo medianamente corto de mi vida, había notado la existencia de ese par de viejos chuchumecos que tengo por vecinos míos. Yo no sé en verdad si es que yo siempre he sido, por naturaleza tonta, un individuo introvertido y poco sociable, o quizá un cínico descomplicado, desprendido y distraído de razones y de observaciones detallistas; o si por el contrario ese par de demacradas momias se habían negado toda la vida a salir de su mausoleo de madera y paja. Pero el caso concreto es que nunca, y nunca con N mayúscula, había notado esa pareja de tristes mequetrefes arrugados.

Yo vivo en una casa modesta, pobre, de tabla y barro, de extraña apariencia; porque no se distingue muy bien si es más telarañas y tablas que musgo y moho petrificado. Ciertamente no es muy fresca, muy a pesar de su techo de paja. Diría más bien que es la cuota inicial de un pedazo de infierno alquilado en la tierra. Tampoco es muy amplia, a duras penas si se tiene el espacio suficiente para decir un par de mentiras sin observar a los ojos al engañado. Pero como nada puede ser tan peor de lo que ya es, me atrevo a mencionar que mi casa goza de una envidiable y particular vista: una ventana enorme, que a veces nosotros mismos, los de la casa, la usamos como improvisada puerta, y desde la cual todo el pueblo; hasta las mismas posaderas de la Pereirana, podría caber por sus destartalados marcos medio pintados de azul. Desde ahí fue donde una noche yo observé por primera vez a los dos longevos y desprevenidos vecinos míos. La noche se dibujaba muy igual a todas las noches de por aquí: calmada, negra y llena de unas pequeñas impresiones sentimentales que le daban un aire elegante, romántico y casi místico. Las veces que recuerdo haber llevado en la noche mi mirada hasta ese rancho siempre pensé lo mismo: que estaba abandonado y resguardado de ratas o de iguanas. Fue cuando entonces ella, (después supe que sólo se conocía no más que su primer nombre) Dolores, asomó su rostro trabucado por la intimidad de la puerta de su malogrado rancho. En medio de la despejada noche yo la pude observar tan agonizante y deprimida que daba la impresión de ser la certeza viva de una existencia múltiple; entre los umbrales de la vida y de la muerte. En acto de sufridos segundos su cuerpo enclenque pareció aquejarse de completo desfallecimiento, pues de repente, posterior a su tímido asomo, se quedó como sin aliento para dar otro paso firme en la puerta y se hizo como otra tabla más; tiesa y estática. ¡Que impresión! Era la primera vez que vía esa abuela; forrada de piel medio muerta, que más bien ya parecía ser cuero seco de bestia. No me quedó más de otra que inferir, desde los escasos diez metros que nos separaban, que esa, a lo mejor, habría de ser una de las razones por las cuales nunca le había visto antes por ahí asomada; por su deteriorada y desgastada salud. Haberla visto así me conmovió el alma y hasta el cuerpo; que de pura impresión por presentir un final similar, se me engrifó con temor compungido.

Muy inquieto, y rehusándome a seguir mirando hacía ese rancho, llevé mi mirada, indignado, como si fuera la noche de las extrañas apariciones, hasta otro punto de vista. Un rancho de igual características: medio abandonado, con aires de vertedero y de hogar de minúsculos avechuchos, detuvo mi mirada. Casi medio sincronizado con la aparición de la achacada Dolores, irrumpió también por la puerta el desgastado y malogrado rostro de él; chupado y con todas las líneas faciales enmarañadas como raras líneas que convergen en el mismo inevitable punto. Abrió un poco la puerta y su rostro intimidó la noche con ese conmovido semblante de angustia y desgracia. Estos dos vejetes parecían ser la muestra de que en ese instante en la noche se llevaba a cabo un desempolve y una resurrección de entre los muertos; ambos viejos tan ruines, desgarbados y perdidos en los umbrales del tiempo. Él, (dos descomplicados chismes me dieron no más que su apodo) ‘Cuchipe’, sólo alcanzó a fingir dos cortos pasos en la puerta antes de que su cuerpo se congelará; como por soplos de aire boreal. Sus fuerzas entonces también se agotaron, quizá, las últimas que sus artríticas articulaciones administraban con saldo en mora. De nuevo, ¡qué impresión!. Era la segunda vez que veía a un vetusto semejante: yerto e invernado, con la conciencia doblegada y resignada. De nuevo inferí que esa podría ser la misma razón por la cual yo nunca había visto a Dolores, y ahora, al viejo ‘Cuchipe’; el deterioro irreversible de la vida y la salud, del cuerpo y el alma de ambos. Haber visto a ese par de matusalenes así fue aberrante e indigno. Esta segunda vez ya no se me engrifó la piel, sino que unas cáusticas agrieras llenaron mi boca de ese horrible sabor a vomito atascado.

Pero luego de un leve respiro; casi hondo y apesadumbrado, cada uno de los dos añosos se registraba en mis pupilas, como tétricas impresiones de susto. Se encrustaron ahí como pesadillas, como dolores estomacales, y no pude apartarlos de mi vista por más repulsa y asco que sentí para con el olvido y el tiempo ido. En la distancia los veía a los dos, a escasos tres metros de distancia el uno con respecto del otro, en sus respectivos misérrimos ranchos. Sus alientos no daban más crédito que el de desahuciados, porque la misma suave brisa que esa noche corría como vuelo agónico, apostaba no más que dos soplidos por desplomar sus cuerpos sin resistencia. Era un cuadro nefasto con olor a pestilencia el que yo podía observar desde mi rancho. Verlos ahí, resignados, cansados y pobres de vida, me empezaba a destrozar la razón.

Antes de permitirme otro asombro más u otro asquiento rechazo al semblante podrido y derrotado que me ofrecían aquellos decrépitos seres, Dolores consiguió reaccionar de repente y salir de su momentáneo letargo; el mismo que la mantenía estática en la puerta de su rancho. De la nada encontró un nuevo respiro. Pareció recibir una descarga fulminante de adrenalina a corazón abierto. Casi pude notar que las bolsas desgastadas y arrugadas de sus ojos se fruncieron para dar aliento a una conmovida y penetrante mirada; de esas furtivas y cómplices. De las fugitivas y cándidas, como las de los amantes más osados. Para mi sorpresa, no terminaba de reaccionar la vieja Dolores, cuando el valetudinario ‘Cuchipe’ pareció también despertar repentinamente del mismo letargo que lo había doblegado en la puerta de su rancho; como si una corriente inexplicable de vida le hubiera inundado el cuerpo por dentro. Sus ojos se avivaron, se colmaron de una luz titilante que parecía tan yuxtapuesta como colores volcánicos en el paisaje rocoso y árido. Un nuevo y último resuello lo embargó, y con total decisión dirigió su mirada hacía la humanidad de la catana Dolores. Ahora sí que no comprendía absolutamente nada. Los dos raídos carcamales se encontraban en una mirada cruzada, precisa y complaciente. Tan íntima como una historia secreta entre clandestinos adorados. Se decían todo y aún así no se escuchaba nada, ni el pequeño zumbido de sus destartalados labios pronunciando una sola palabra. Se hablaban con la complicidad de las miradas y con la certeza de toda una vida de empatía. El silencio pareció doblegarse ante el asomo de un conato de palabra y entonces el viejo ‘Cuchipe’, de entre las entrañas y los dientes dijo con lagrimas:
- Perdóname vieja Dolores-
- Tú valías más que una mazamorra de maíz pelado-
Sin alcanzar a desembarazarse de otra palabra, el cielo pareció morir de una vez bajo la sombra del crepúsculo, y el decrépito ‘Cuchipe’ desplomó la muerte con su cuerpo caído. No pasarían más de cinco minutos antes de que la veterana Dolores arrugara la boca, se le cristalizaran para siempre los ojos y se rasgara la garganta con dos frases retenidas durante años:
- ¿Perdonarte?, pero si siempre he sido tuya-
- Incluso ahora, siguiendo a la muerte de tras de ti-
La muerte los encontró la misma noche, casi simultáneamente; entre el perdón y la pobre desdicha de la vejez. ( Unos días después me enteré de que en vida el par de viejos habían dejado de verse y hablarse por cerca de tres años. Una discusión sobre una mazamorra de maíz pelado mal reposada fue el motivo)

Abril 3 de 2005